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Periódicos de la Guerra Cristera, la batalla por el relato

Foto del escritor: Jesús Arroyo Cruz
Jesús Arroyo Cruz
hace 4 días
6 min de lectura

Antes de que la Guerra Cristera llenara de combatientes los campos del centro-occidente de México, el conflicto ya se libraba con declaraciones, noticias, editoriales, cartas pastorales y acusaciones públicas. Los periódicos de la Guerra Cristera permiten seguir esa escalada casi día a día. En sus páginas, el gobierno defendía la aplicación de la Constitución, la jerarquía católica denunciaba las restricciones impuestas a la Iglesia y cada posición trataba de convencer a sus lectores de que la razón estaba de su lado.


Artículos de Fe Cristera y Anti-Cristera: Antología periodística, de José Antonio Martínez Álvarez, reúne precisamente ese material. Su valor documental reside en colocar unas frente a otras voces que originalmente circularon en periódicos mexicanos y extranjeros durante el conflicto religioso. El resultado permite observar algo difícil de apreciar cuando conocemos la Cristiada únicamente desde una reconstrucción posterior: cómo se hablaba de ella mientras estaba sucediendo.


La Guerra Cristera también se peleó en los periódicos

El enfrentamiento entre la Iglesia católica y el Estado mexicano tenía antecedentes que se remontaban al siglo XIX. La Constitución de 1917 incorporó disposiciones que regulaban la situación jurídica de las iglesias, la actividad de los ministros de culto, la educación y la propiedad eclesiástica. El artículo 130, por ejemplo, sometía el ejercicio del ministerio religioso a diversas restricciones y prohibía a las publicaciones confesionales intervenir en determinados asuntos políticos.


Durante los primeros meses de 1926, esas diferencias adquirieron una nueva intensidad pública.

El Universal publicó el 27 de enero información sobre una asamblea del Episcopado y las medidas que los católicos estudiaban para combatir legalmente determinados preceptos constitucionales. Días después apareció una declaración del arzobispo de México, José Mora y del Río, reafirmando la oposición episcopal a los artículos 3, 5, 27 y 130. La Secretaría de Gobernación respondió por medio de declaraciones publicadas en Excélsior, donde interpretó la posición del arzobispo como una rebeldía contra las instituciones de la República.


Las palabras importaban porque cada declaración producía una respuesta.

La antología permite seguir esa sucesión. Aparecen Pío XI, José Mora y del Río, el secretario de Gobernación Adalberto Tejeda y el presidente Plutarco Elías Calles. Intervienen periódicos estadounidenses y españoles. Después aparecen organizaciones obreras, representantes de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, obispos, presidentes y funcionarios.


El conflicto se estaba explicando simultáneamente desde posiciones incompatibles.

El propio Martínez Álvarez describe la función que desempeñan esos documentos dentro de la recopilación: “las guerras van sobre caminos de papel”


La frase aparece después de explicar cómo noticias, crónicas, reportajes, artículos de opinión, editoriales y testimonios reflejaban perspectivas contrapuestas. Para el compilador, la prensa funcionaba como un espejo parcial de la controversia: permitía que los propios participantes expusieran públicamente sus argumentos.


Ese carácter parcial obliga a leerla críticamente.

Una declaración presidencial publicada en un periódico prueba que el presidente sostuvo determinada posición públicamente. No demuestra automáticamente que su interpretación de los acontecimientos fuera correcta. Lo mismo ocurre con una declaración episcopal, un editorial católico o una noticia extranjera. Su valor documental está también en revelar cómo cada actor quería explicar el conflicto.


¿Qué fue lo que provocó la Guerra Cristera?

La Guerra Cristera surgió de un conflicto prolongado entre la Iglesia católica y el Estado mexicano, agravado por las disposiciones religiosas de la Constitución de 1917. La aplicación más estricta de esas normas durante el gobierno de Plutarco Elías Calles, especialmente mediante la legislación reglamentaria de 1926, intensificó la confrontación. La jerarquía católica suspendió el culto público desde el 31 de julio de 1926 y sectores de católicos pasaron posteriormente a la rebelión armada, que alcanzó especial fuerza en el centro-occidente de México.


Dos versiones enfrentadas antes de la rebelión de los cristeros

La utilidad de leer los periódicos aparece con especial claridad al comparar cómo explicaban las partes el origen del enfrentamiento.

José Mora y del Río declaró en febrero de 1926 que los prelados mantenían su protesta contra determinadas disposiciones de la Constitución de 1917 porque, desde su perspectiva, eran contrarias a la libertad y a los dogmas religiosos. La declaración publicada por El Universal afirmaba que episcopado, clero y católicos combatirían los artículos 3, 5, 27 y 130.


El gobierno interpretó aquellas declaraciones de manera muy distinta.

Adalberto Tejeda sostuvo públicamente que constituían una actitud de rebeldía contra las leyes fundamentales. La Secretaría de Gobernación defendía que el Estado estaba obligado a hacer cumplir la Constitución y llegó a señalar que determinados escritos y actividades católicas podían colocar a sus autores en condición de conspiradores contra el régimen.


Calles llevó esa interpretación todavía más lejos.

En declaraciones difundidas por The World en febrero de 1926 justificó la expulsión de sacerdotes extranjeros como aplicación del artículo 130 y rechazó que esas medidas constituyeran persecución religiosa.  Meses después, al dirigirse a la prensa de Hearst y a The New York Times, presentó nuevamente el problema como una resistencia del clero al orden constitucional.


Desde la perspectiva católica, la interpretación era inversa.

Un ejemplo particularmente revelador aparece años después en la revista David. Felipe de Jesús Guízar explicó retrospectivamente por qué los cristeros habían ido a la lucha. Su texto presenta la rebelión como defensa de los derechos religiosos y de la Iglesia:

“Los cristeros fuimos a defender los derechos sagrados de Cristo y los de su Santa Iglesia”

Es un testimonio publicado en 1952 y, por tanto, no debe tratarse como una crónica contemporánea de 1926. Documenta cómo un participante justificaba posteriormente la rebelión y cómo permanecía viva una interpretación religiosa del levantamiento.


Entre ambas posiciones aparece precisamente la riqueza de la antología.

Los periódicos no entregan una respuesta neutral sobre quién tenía razón. Conservan el lenguaje mediante el cual cada actor intentaba establecer públicamente su propia versión.


La prensa extranjera amplificó también el enfrentamiento. Investigaciones historiográficas recientes muestran, por ejemplo, que periódicos españoles trataron extensamente la Cristiada y que sus orientaciones ideológicas condicionaron la manera de presentar al gobierno mexicano, a los católicos y a los insurgentes. (tzintzun.umich.mx)


La Guerra Cristera adquirió así una dimensión informativa internacional.

Atribuir la responsabilidad de la Guerra Cristera a una sola persona simplifica un proceso de larga duración. Plutarco Elías Calles encabezaba el gobierno que endureció la aplicación de las normas constitucionales sobre cultos en 1926; la jerarquía católica respondió con resistencia y suspensión del culto público, mientras organizaciones y sectores católicos impulsaron distintas formas de oposición y posteriormente surgió la insurrección armada. La guerra resultó de esa escalada política, jurídica, religiosa y social.


Leer la Cristiada mientras estaba ocurriendo

Artículos de Fe Cristera y Anti-Cristera adquiere su sentido más claro cuando los textos se leen cronológicamente.


El repertorio comienza antes de la generalización de la lucha armada. Incluye el artículo 130 de la Constitución de 1917 y entra después en 1926 mediante noticias y declaraciones que muestran cómo fue aumentando la tensión. Continúa durante los años de combate y alcanza las negociaciones que condujeron a los arreglos de junio de 1929.


El 21 de junio de 1929, El Universal publicó tanto un comunicado del presidente Emilio Portes Gil como declaraciones del arzobispo Leopoldo Ruiz y Flores sobre los arreglos. La misma antología que permite observar la ruptura conserva así las voces públicas que acompañaron el final negociado de la fase principal de la guerra.


Esta continuidad transforma los periódicos en algo más útil que una colección de noticias antiguas.

Permiten estudiar la evolución del vocabulario político. “Libertad religiosa”, “rebeldía”, “cumplimiento de la Constitución”, “persecución”, “clericalismo”, “revolución” y “fanatismo” adquirían significados diferentes dependiendo de quién los utilizaba.


También permiten descubrir contradicciones.

Una parte podía presentarse como defensora de la ley mientras su adversario la describía como perseguidora. Quien hablaba de defensa religiosa podía aparecer en el discurso contrario como enemigo del orden constitucional. Los periódicos hacían visibles esas identidades enfrentadas y contribuían a difundirlas.


La investigación contemporánea sobre prensa y Cristiada ha comprobado precisamente esta relación entre orientación ideológica y representación de los protagonistas. Estudios sobre periódicos españoles y vascos muestran que distintas cabeceras construyeron imágenes diferentes de la guerra según sus respectivas posiciones políticas y religiosas. (SciELO México)


Por eso resulta problemático utilizar una noticia aislada como explicación definitiva.

La aportación documental de Artículos de Fe Cristera y Anti-Cristera está en reunir posiciones enfrentadas dentro de una misma secuencia. El volumen contiene El Universal y Excélsior, pero también The World, The New York Times, prensa de Hearst, El Diario de Cádiz, El Informador, la revista de la CROM, L’Osservatore Romano y otras fuentes.


Ese conjunto permite volver a una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué ocurrió?

La respuesta cambia cuando añadimos otra: ¿quién lo estaba contando?

Los periódicos de la Guerra Cristera conservan ambas dimensiones. Informaban de acontecimientos, reproducían declaraciones y comunicados, publicaban editoriales y participaban en la disputa por explicar las causas del conflicto. Leídos hoy con distancia crítica, permiten reconstruir el ambiente en el que la controversia religiosa pasó de las páginas impresas a una rebelión armada.


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