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Leopoldo Ruiz y Flores: el obispo entre la Cristiada y los Arreglos de 1929

Foto del escritor: Jesús Arroyo Cruz
Jesús Arroyo Cruz
hace 3 días
8 min de lectura

Leopoldo Ruiz y Flores llegó a uno de los momentos decisivos de su vida cuando ya tenía más de sesenta años. Había sido obispo de León, arzobispo de Monterrey y desde 1912 encabezaba la arquidiócesis de Michoacán. Había conocido el Porfiriato, la Revolución y los enfrentamientos entre los gobiernos revolucionarios y la Iglesia. Cuando el conflicto religioso desembocó en la Guerra Cristera, su nombre quedó ligado a una pregunta que dividió al propio catolicismo mexicano: ¿había que prolongar la resistencia o buscar una negociación que permitiera reanudar el culto?

Su actuación entre 1926 y 1929 explica por qué resulta difícil incluirlo simplemente entre los llamados «obispos cristeros». Ruiz y Flores participó en la oposición episcopal a la política religiosa del gobierno y formó parte de las decisiones que precedieron al levantamiento. Conforme avanzó la guerra, se convirtió en uno de los prelados partidarios de encontrar una salida negociada. Pío XI terminó confiándole la representación pontificia para las conversaciones que condujeron a los Arreglos de 1929.

Recuerdo de recuerdos. Leopoldo Ruiz y Flores: Paráfrasis de una vida prudente y bondadosa, volumen 19 de Prisma Cristero, permite seguir ese recorrido desde dos perspectivas. Primero habla el propio arzobispo mediante sus memorias. Después, José Antonio Martínez Álvarez reconstruye e interpreta su trayectoria.

Esta distinción es esencial. Una autobiografía constituye el testimonio de un protagonista y permite conocer cómo recordaba y explicaba sus decisiones; también está condicionada por la memoria, la perspectiva y los intereses de quien escribe. El estudio posterior puede confrontar y contextualizar esa voz, aunque tampoco convierte automáticamente cada recuerdo en un hecho demostrado.

¿Quién fue Leopoldo Ruiz y Flores?

Leopoldo Ruiz y Flores fue un prelado mexicano nacido en Amealco, Querétaro, en 1865. Fue obispo de León, arzobispo de Monterrey y, desde 1912, arzobispo de Michoacán. Durante el conflicto religioso participó en el Comité Episcopal y defendió una salida negociada. En 1929, Pío XI lo nombró delegado apostólico ad referéndum para negociar con el gobierno de Emilio Portes Gil. Junto con Pascual Díaz Barreto intervino en los Arreglos que permitieron reanudar el culto público el 21 de junio de ese año.

Una vida eclesiástica anterior a la Cristiada

La Guerra Cristera ocupa solamente una parte de la extensa vida que Ruiz y Flores reconstruye en sus memorias.

Nació el 13 de noviembre de 1865 en Amealco. Él mismo recuerda haber crecido dentro de una familia profundamente católica y haber decidido desde niño que quería ser sacerdote. Su formación lo llevó al Colegio Clerical de México y después al Colegio Pío Latinoamericano de Roma.

Regresó a México después de completar sus estudios y desarrolló una carrera eclesiástica que terminó situándolo en algunas de las sedes episcopales más importantes del país. Fue nombrado obispo de León en 1900, pasó posteriormente a la arquidiócesis de Linares y en 1911 fue promovido a la arquidiócesis de Michoacán, de la que tomó posesión en enero de 1912.

Su trayectoria atravesó así varias transformaciones políticas mexicanas.

Ruiz y Flores conoció personalmente a Porfirio Díaz, presenció el ascenso del movimiento católico social y vivió después las tensiones provocadas por la Revolución. Durante el periodo constitucionalista salió de México y pasó temporadas en Estados Unidos.

Cuando regresó, las relaciones entre la Iglesia y el nuevo Estado revolucionario seguían abiertas.

La crisis de 1926 lo encontró convertido en uno de los principales miembros del episcopado mexicano.

Ruiz y Flores ante la suspensión del culto

La aplicación de la legislación religiosa durante el gobierno de Plutarco Elías Calles llevó al episcopado a una decisión extraordinaria: suspender el culto público a partir del 31 de julio de 1926.

Ruiz y Flores participaba entonces en el Comité de Obispos formado para afrontar el deterioro de las relaciones con el gobierno.

En agosto de aquel año, él y Pascual Díaz Barreto se entrevistaron con Calles en el Castillo de Chapultepec. Buscaban una solución. La conferencia duró alrededor de hora y media y terminó sin acuerdo.

Las memorias y la paráfrasis permiten advertir que dentro de la propia jerarquía católica tampoco existía una posición uniforme.

José Francisco Orozco y Jiménez, arzobispo de Guadalajara, llegó a considerar a Ruiz y Flores «demasiado blandito». La expresión revela una discrepancia interna importante. Había prelados que desconfiaban de las concesiones y otros que consideraban necesario explorar alguna forma de entendimiento.

La prudencia atribuida a Ruiz y Flores no significaba aceptación de la política religiosa gubernamental. Sus memorias contienen críticas muy severas contra las leyes que afectaban a la Iglesia.

Su diferencia estaba principalmente en el camino que consideraba posible para afrontarlas.

¿Fue Ruiz y Flores un obispo cristero?

La expresión «obispos cristeros» necesita utilizarse con cuidado.

El episcopado mexicano participó en la resistencia jurídica, religiosa y pública contra las medidas gubernamentales. Algunos prelados mostraron mayor cercanía con la resistencia armada, mientras otros buscaron limitar la confrontación y encontrar una salida negociada.

Ruiz y Flores estuvo relacionado con la creación de un frente coordinado de organizaciones católicas que dio origen a la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. La fuente precisa que aquella colaboración se planteó inicialmente para actuar mediante medidas «pacíficas y lícitas».

Después apareció una cuestión mucho más delicada.

Consultado sobre la legitimidad de la resistencia frente a una tiranía, el Comité Episcopal sostuvo que podía ser lícito recurrir a medios violentos cuando los pacíficos hubieran resultado inútiles y existieran determinadas condiciones. Aquella posición sería utilizada posteriormente en las controversias sobre la responsabilidad episcopal en el levantamiento.

Ruiz y Flores evolucionó hacia una posición claramente negociadora.

La guerra se prolongaba, las posibilidades de una victoria decisiva eran inciertas y Roma buscaba fórmulas que permitieran recuperar la vida sacramental y el culto público.

El arzobispo de Michoacán terminaría desempeñando un papel central en esa estrategia.

Leopoldo Ruiz y Flores actuó como uno de los principales negociadores eclesiásticos durante el conflicto religioso. Participó en las gestiones episcopales de 1926, mantuvo una posición favorable a una salida negociada y en 1929 fue nombrado delegado apostólico ad referéndum por Pío XI. Junto con Pascual Díaz Barreto negoció con Emilio Portes Gil las condiciones que hicieron posible la reanudación del culto público.

Una palabra que lo enfrentó con otros obispos: intransigencia

En Roma se consolidó el giro.

Ruiz y Flores recuerda que Pío XI le indicó que escribiera a los obispos mexicanos para comunicarles que no debía esperarse un resultado favorable de la intransigencia. Preparó el texto, lo sometió a revisión y el Papa lo aprobó con una modificación: debía presentarlo como aquello que él había comprendido de las conversaciones, sin afirmar que transmitía literalmente un mandato pontificio.

La reacción no fue uniforme.

El propio Ruiz y Flores admite que la carta molestó a algunos prelados por el uso del término «intransigentes».

Este episodio permite comprender que la controversia ya no enfrentaba únicamente al gobierno y a la Iglesia. Dentro del catolicismo mexicano se discutían también la estrategia, los límites de la resistencia y las condiciones bajo las cuales podía aceptarse una negociación.

En ese escenario, Ruiz y Flores quedó identificado con la vía de la contemporización.

Portes Gil abre una puerta en 1929

La posibilidad concreta de negociar apareció durante la presidencia interina de Emilio Portes Gil.

En mayo de 1929, el mandatario declaró públicamente que los católicos podían reanudar el culto conforme a las leyes y sostuvo que los conflictos podían resolverse cuando existiera buena voluntad.

Ruiz y Flores respondió desde Estados Unidos.

Su autobiografía conserva la formulación:

«Si la voluntad del Gobierno en terminar con el conflicto religioso era sincera, contara con la buena voluntad de la Iglesia.»

La frase resulta particularmente útil porque procede del relato autobiográfico del propio arzobispo. En sus memorias explica que respondió por indicación de la Delegación Apostólica de Washington y que Portes Gil lo invitó después a conferenciar.

Ruiz y Flores se negó inicialmente.

La razón resulta reveladora de su forma de proceder: afirmó que carecía de representación suficiente para negociar una cuestión que requería la intervención del Papa.

Pío XI recibió información sobre el intercambio y lo nombró delegado apostólico ad referéndum. A partir de ese momento Ruiz y Flores disponía de representación pontificia para negociar, aunque las decisiones finales quedaban sujetas a la aprobación de Roma.

Las conversaciones que condujeron a los Arreglos

Ruiz y Flores viajó a México acompañado por Pascual Díaz Barreto.

El 12 de junio de 1929 fueron recibidos por Portes Gil en Chapultepec. Presentaron un memorándum y comenzaron unas negociaciones en las que también desempeñó un papel relevante el embajador estadounidense Dwight W. Morrow.

Las conversaciones fueron difíciles.

Según el recuerdo del arzobispo, Portes Gil sostuvo inicialmente que bastaba con declarar que la Iglesia podía reanudar el culto conforme a las leyes. Ruiz y Flores respondió que no podía presentar aquella fórmula al Papa porque estaba convencido de que sería rechazada.

Las gestiones continuaron.

Roma aceptó finalmente avanzar bajo tres condiciones que aparecen recogidas en la fuente: devolución de templos y otros inmuebles necesarios para la actividad eclesiástica, respeto de su posesión y amnistía para quienes abandonaran las armas.

El 21 de junio los representantes pontificios volvieron a reunirse con Portes Gil.

Las declaraciones intercambiadas ese día dieron origen a los llamados Arreglos de 1929.

El culto público pudo reanudarse.

Lo que los Arreglos resolvieron y lo que dejaron pendiente

Decir simplemente que Ruiz y Flores «terminó la Guerra Cristera» ocultaría buena parte del problema histórico.

Los Arreglos permitieron reanudar el culto y facilitaron el fin de la fase armada del conflicto, pero la legislación que había provocado la confrontación no fue derogada.

Tampoco todos los cristeros aceptaron de buen grado el resultado.

Para algunos combatientes y miembros de la Liga, la jerarquía había aceptado una solución que no correspondía a los sacrificios realizados durante tres años. La controversia sobre los Arreglos acompañaría durante décadas la interpretación de la Cristiada.

Ruiz y Flores defendió su actuación.

Su testimonio permite conocer cómo justificaba la decisión: la negociación había abierto una posibilidad de recuperar el culto público y evitar que continuara una confrontación cuyo costo humano y religioso consideraba cada vez más difícil de sostener.

La historiografía posterior ha mostrado que el proceso fue bastante más complejo que una negociación entre dos bloques homogéneos. Intervinieron el gobierno mexicano, la Santa Sede, distintas corrientes del episcopado, organizaciones laicas, combatientes cristeros y mediadores extranjeros. Entre ellos destacó Morrow, cuya participación ayudó a establecer canales de comunicación.

Ruiz y Flores quedó situado precisamente en la intersección de esos actores.

El valor de escuchar al protagonista

Aquí aparece la aportación particular de Recuerdo de recuerdos.

Muchos documentos permiten reconstruir las negociaciones de 1929 desde fuera. La autobiografía permite observar cómo uno de sus protagonistas quiso recordarlas años después.

Eso no convierte su versión en definitiva.

La memoria selecciona, interpreta y organiza el pasado. Por ello, las afirmaciones autobiográficas deben contrastarse con correspondencia, documentos gubernamentales, archivos eclesiásticos y otras fuentes contemporáneas.

Pero prescindir de esa voz eliminaría una pieza fundamental.

Ruiz y Flores explica sus dudas, sus conversaciones, los desacuerdos entre obispos y las instrucciones que recibió. Incluso conserva momentos en los que reconoce los límites de su autoridad, como cuando se negó a negociar con Portes Gil hasta recibir representación pontificia.

Esa conducta ayuda a entender por qué Martínez Álvarez utiliza la palabra «prudente» en el subtítulo de su estudio.

Es una interpretación del personaje, no una categoría histórica neutral.

La documentación reunida en el volumen permite al lector valorar hasta qué punto aquella descripción corresponde con sus actuaciones.

El obispo que quedó entre la resistencia y el acuerdo

Leopoldo Ruiz y Flores resulta difícil de comprender mediante las categorías simples que suelen rodear a la Guerra Cristera.

Fue un adversario de la política religiosa revolucionaria. Participó en organismos episcopales que resistieron aquellas disposiciones. Vivió el exilio. Estuvo vinculado a los primeros intentos de coordinación del movimiento católico.

También se convirtió en negociador.

Cuando la confrontación se prolongó, defendió una salida que permitiera recuperar el culto público. Aquella posición provocó críticas entre quienes consideraban que aceptar un acuerdo sin modificar las leyes significaba renunciar a los objetivos de la resistencia.

Pío XI terminó depositando en él una responsabilidad extraordinaria.

El hombre que algunos de sus compañeros habían considerado «demasiado blandito» fue elegido para representar a la Santa Sede cuando llegó el momento de negociar con el Estado mexicano.

Esa tensión explica mejor su lugar en la Cristiada que cualquier etiqueta.

Ruiz y Flores estuvo dentro del conflicto y dentro de la Iglesia que discutía cómo salir de él.

Sus memorias conservan la versión de quien tuvo que tomar esas decisiones.

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